No como animales, no me gusta molestarles. Para mí son amigos, hermanos, personas con otro pelaje, con otras características. Maestros de amor y de vida.
De niña miraba con horror los platos donde aparecían pelos, poros, venas, columnas vertebrales o espinas. No entendía cómo eso podía estar en mi plato como comida, me causaba aversión e intentaba por todos los medios librarme de comer sus cuerpos. Un día vi los callos a la madrileña, cuya salsa picante y sabrosa me era muy atractiva y divertida, pero al descubrir lo que había dentro, la náusea casi me derrumba: entrañas de animales y cosas repugnantes.
Al crecer vi que podría, por fin, dejar de comer todo eso a lo que me obligaban. Y empecé a ensayar otra forma de comer, a la…
