El psicólogo Carl Jung llamaba “sombras” al aspecto inferior y primitivo que, según su opinión, forma parie de la naturaleza humana.
Se refería con este nombre a la parte destructiva que anida en todo individuo, casi siempre de manera inconsciente.
Aunque resulta mucho más agradable y más fácil creer que uno es una persona “buena” -quizá con alguno que otro error, pero básicamente correcta– y que los “malos” son los otros, el reconocimiento de la propia oscuridad no sólo es un requisito necesario para el conocimiento de uno mismo, sino también para poder conocer y aceptar a los demás.
Como todo lo que hay en el inconsciente, la sombra, si no es sacada a la luz, termina por ser proyectada en las relaciones personales.
Estar ciegos frente a nuestro propio…
