La televisión. Ese bicho denostado, analógico, anticuado, poco cool. Ese símbolo de looserismo por parte de aquél que manifiesta que la ve, frente a otro que arquea la ceja y, con un meñique levantado, profiere un “yo es que no tengo tele, sólo tengo proyector”, y te hace sentir una suerte de José Luis López Vázquez en El turismo es un gran invento. Ese resquicio del lujo periférico que abarrota el MediaMarkt los sábados por la tarde, cargando una caja gigantesca hasta el parking: “¿No nos habremos pasado con 65 pulgadas, cari?”. “Para nada, Menchu, y vete pidiendo a tu hermana la contraseña de su Netflix”. Esa pantallaza negra que preside todo edificio de obra vista, con piscina y pista de pádel en el medio de la comunidad. La tele.…
