Las identidades nacionales no se encuentran: se construyen. No están escondidas en algún rincón de la conciencia del pueblo, como los huevos de pascua, esperando a que alguien descubra su paradero. Son producto de la recuperación de la historia y la elección de símbolos patrios, decisiones ambas de pensadores y líderes políticos. Si una nación, como dice Benedict Anderson, es una “comunidad imaginada”, quienes inciden en el imaginario colectivo –los historiadores, narradores, arqueólogos, antropólogos, filósofos, sociólogos, politólogos, y sobre todo los gobernantes y sus ideólogos– son quienes devienen en arquitectos del edificio identitario. Y no, no estoy comprando la tesis Carlyle de que la historia es la suma de las biografías de los grandes hombres; muchos connacionales anónimos contribuyen a esa edificación, a no dudarlo, y no como albañiles sino…