Creció y se crió en Guadamur, Toledo, un pueblo “con un castillo y un bar muy chulo” que era, precisamente, el que regentaban sus padres. Y allí, entre las paredes de Las Campanas, Ramírez, cuenta, empezó a servir cafés “desde el momento en el que llegué a la cafetera, y como no me ha gustado nunca el fútbol, encontré a mis ídolos en Custodio (Zamarra), sumiller histórico del no menos legendario Zalacaín; Carmelo (Pérez), maître del restaurante madrileño... Un equipo de primera del que llegó a formar parte unos meses, “aunque sólo fui para observar” y del que terminó aprendiendo. Y mucho. Porque si hay algo que le estimula es “todo lo que conlleva reto y aprendizaje”.
Por eso decidió no conformarse con la barra de un bar de pueblo…